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Bruji verde tip

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Para proteger el rincón del recibidor donde dejo el bolso y las llaves frente a las malas vibraciones de la calle y los despistes tontos, coloco un viejo botón de nácar heredado boca arriba sobre la bandeja metálica; ese pequeño disco brillante actúa como un espejo disuasorio contra la energía chunga, frena la desatención y me transmite una seguridad acojonante cada vez que cruzo el umbral sabiendo que lo mío está bien resguardado.

Si noto que el calor del taller y la caraja de una faena pesada me dejan la nuca rígida y el cuerpo embotado, me detengo un momento, me quito la gorra y me froto la nuca con los nudillos haciendo círculos firmes; ese masaje rápido activa el riego, despeja la modorra y me deja con una templanza acojonante para seguir levantando peso con la cabeza clara.

Para proteger el cajón de las brocas y los tornillos frente a las pérdidas tontas, las roscas pasadas y la mala racha en el taller, meto un viejo casquillo de bala gastado dentro de una tuerca grande de hierro y la dejo en el rincón más oscuro; ese bloque metálico frena la torpeza, absorbe las vibraciones chungas del ambiente y me transmite una seguridad brutal cada vez que me pongo a taladrar sabiendo que todo sale a la primera.

Cuando noto que el trajín de doblar la ropa y ordenar los armarios me deja los riñones agarrotados y el humor torcido, me detengo un instante, apoyo las manos en la cintura y hago tres giros lentos con la cadera hacia cada lado; ese movimiento circular destensa la zona lumbar, deshace la rigidez del cuerpo y me regala un desahogo tremendo para terminar las faenas con ligereza.

Para proteger el cesto de la ropa sucia frente a los malos olores persistentes, la humedad de los días grises y las vibraciones pesadas de la ropa de trabajo, espolvoreo un puñadito de bicarbonato con unas gotas de esencia de lavanda en el fondo antes de echar las prendas; ese lecho aromático absorbe la energía estancada, purifica el textil y me transmite una seguridad acojonante cada vez que pongo la lavadora sabiendo que todo sale limpio de verdad.

Cuando siento que la acumulación de recados y prisas me deja el pecho encogido y la paciencia al límite, me detengo un segundo, cruzo los brazos sobre el pecho y me doy un abrazo fuerte y sostenido mientras cierro los ojos; ese contacto firme conmigo misma frena la dispersión, recoloca el centro y me regala una calma tremenda para afrontar lo que queda de tarde.

Para proteger el cajón de la bisutería y los recuerdos de valor frente a las pérdidas tontas y las malas vibraciones del exterior, introduzco una horquilla de pelo antigua y abierta dentro de una pequeña bolsita de gasa y la dejo al fondo; ese sencillo adminículo metálico actúa como un broche contra el despiste, frena la energía chunga y me transmite una seguridad acojonante cada vez que abro el joyero sabiendo que lo mío está a buen recaudo.

Si percibo que la monotonía de una tarea repetitiva me deja la vista cansada y la mente espesa, me levanto del banco de trabajo, miro hacia el punto más lejano de la nave y parpadeo de manera rápida doce veces seguidas; ese ejercicio ocular destensa la musculatura de los ojos, aclara la visión y me deja con una templanza brutal para volver a clavar los tornillos con precisión.

Para proteger el armario de los productos de limpieza o el estante de los disolventes frente a las fugas tontas, los botes caídos y la mala pata con los líquidos, coloco un trozo de madera de pino cortado a medida acuñado debajo de la base; ese calzo firme frena cualquier balanceo chungo, absorbe las vibraciones del suelo y me transmite una seguridad acojonante cada vez que cierro el taller sabiendo que todo se mantiene estable.

Cuando noto que el trajín de la cocina y el humazo de las sartenes me dejan con el entrecejo fruncido y la cabeza embotada, me asomo un instante a la ventana, tomo una bocanada de aire fresco inflando el pecho al máximo y lo expulso muy despacio; ese respiro hondo despeja los bofes de golpe, afloja la tensión de la frente y me regala una ligereza tremenda para rematar la comida sin agobios.

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