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La maldición de la llorona

Mi abuela siempre me contaba que si escuchabas a La Llorona cerca, en realidad estaba lejos, y si la oías lejos, estaba cerca. Una noche, cuando vivía en el campo, escuché un lamento desgarrador a lo lejos… y al rato todos los perros empezaron a aullar como locos. No sé si era una maldición o una advertencia, pero desde entonces me quedó claro que esa leyenda tiene algo real. Algo que te congela el alma.

No creía en esas cosas hasta que una vez fuimos con unos amigos a acampar cerca de un río en México. A la madrugada, alguien empezó a llorar entre los árboles, un sonido largo, profundo, imposible de imitar. Nadie se animó a moverse. Al día siguiente, uno de mis amigos se enfermó sin explicación. Dicen que la maldición de La Llorona no es solo un cuento: si te escucha o te ve, algo de vos se lleva.

Mi mamá me prohibía ir sola al arroyo de noche. Decía que La Llorona se llevaba a los niños no solo por venganza, sino para llenar el vacío de los que había perdido. Siempre sentí que no era una historia para asustar: era una advertencia. Hoy que soy padre, no me río más de esas cosas. Hay algo en esa leyenda que todavía pesa en el aire.

Escuché hablar de la maldición de La Llorona en Guatemala, cuando trabajaba allá. Dicen que si tienes un dolor muy fuerte por una pérdida y entras en contacto con esa energía, puedes “contagiarte” de su pena. Una noche soñé con ella, vestida de blanco, gritándome que no la olvidemos. Me desperté empapado en lágrimas. Nunca sentí una tristeza tan profunda sin motivo. Es como si su dolor se metiera dentro tuyo.

Siempre me pareció injusto que la llamen maldita. La Llorona no es mala: está maldita por su propio dolor. Pero sí, su presencia arrastra cosas pesadas. En mi familia hay historias de gente que la escuchó y después tuvo accidentes o rupturas inexplicables. Yo creo que su pena es tan fuerte que contamina todo lo que toca. Por eso la llaman maldición.

Mi tío asegura que vio a La Llorona caminando al borde de la carretera, vestida de blanco, con el cabello tapándole la cara. Él paró el coche para ayudarla, y cuando se bajó, ya no había nadie. Esa misma noche, su esposa lo dejó. Juró que fue por la maldición: que quien la ve, pierde algo importante. Desde entonces, no viaja de noche nunca más.

Yo creo que la maldición de La Llorona no es literal, sino emocional. Representa el duelo eterno, la culpa que no se supera, la madre que no puede perdonarse. Pero aún así, hay testimonios reales de encuentros con ella, de gente que después cambia, enferma o pierde a alguien. Es como una sombra emocional que se pega y deja huella.

Cuando era niña, me desperté una noche y escuché un lamento en el patio. Vivíamos en una zona rural. Fui hasta la ventana y vi una figura blanca parada cerca del pozo. No sé si fue sueño o realidad, pero desde entonces tengo pesadillas con esa voz. La Llorona no me hizo daño físico, pero algo cambió en mí desde ese momento. La maldición no siempre es externa; a veces se mete en tu memoria.

En el pueblo de mi abuela, cada tanto alguien dice que vio o escuchó a La Llorona, y siempre después pasa algo: una muerte repentina, un accidente, una separación. Dicen que donde llora, queda su energía atrapada. Yo no sé si es verdad, pero prefiero no tentar a la suerte. Esa historia tiene demasiada carga como para ignorarla.

La Llorona no solo es una leyenda: es una advertencia espiritual. Yo estuve en un retiro en Veracruz, y durante una meditación, una mujer empezó a llorar de una forma tan intensa que todos nos quedamos helados. Después, dijo que había soñado con La Llorona y sentía que algo la seguía. El guía nos explicó que esa maldición se transmite por resonancia, como una frecuencia de dolor que se pega. Desde entonces la respeto mucho. No es un mito cualquiera.

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