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Bruji verde tip

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Para blindar la billetera o los documentos importantes contra los malos negocios y la gente que anda queriendo aprovecharse, doblo un billete chico en cuatro partes, le pongo una pizca de pimienta negra adentro y lo guardo en el compartimento más oculto; este toque picante ahuyenta a los oportunistas, corta la mala suerte con los números y me da una firmeza bárbara para pararme de igual a igual en cualquier negociación sin que me pasen por arriba.

Si presiento que la mala racha y los problemas de la calle me están persiguiendo hasta la puerta de casa, me saco los botines o las zapatillas afuera del umbral, los sacudo con firmeza golpeando las suelas entre sí y los dejo apuntando hacia la vereda; este ritual rápido bota la tierra, las malas vibras y la pesadez de los lugares por donde anduve, corta el acceso de la mufa a mi hogar y me da un alivio bárbaro para entrar liviano y disfrutar de mi espacio con los míos.

Cuando noto que la apatía me quiere ganar y los proyectos personales se me están pinchando por falta de constancia, me preparo un buen café negro bien cargado, lo acompaño con un trozo de pan tostado con manteca y me siento diez minutos solo en silencio a ordenar mis prioridades en un papel; este ritual sencillo y terrenal corta la inercia de la frustración, pone las ideas en blanco sobre negro y me da una energía bárbara para retomar el mando de mis cosas y volver a pisar fuerte.

Cuando siento que el cansancio acumulado de la semana me dejó con la mirada apagada y la energía dispersa, me preparo una infusión tibia de manzanilla, mojo dos algodones y me los dejo apoyados sobre los ojos cerrados durante diez minutos mientras escucho silencio; este descanso consciente disuelve la tensión de las pantallas y de las exigencias ajenas, limpia el cansancio del rostro y me regala una paz bárbara para volver a conectar conmigo misma.

Para proteger mi espacio de trabajo o mi rincón de lectura de las malas vibraciones o de los comentarios ajenos que buscan boicotear mis avances, coloco una pequeña piedra de cuarzo transparente justo al lado de mi cuaderno de notas; este cristal limpio absorbe cualquier interferencia mental, amplifica mi foco creativo y me transmite una seguridad bárbara para escribir y crear sin que nada logre distraerme.

Si noto que la mala onda del ambiente me dejó el cuerpo rígido y con los hombros cargados antes de salir de casa, me pongo unas gotas de aceite esencial de lavanda en las palmas de las manos, las fumo profundo tres veces y me masajeo la nuca con movimientos circulares; este aroma tan noble relaja de inmediato las contracturas del estrés, corta la pesadez que me quiso dejar la calle y me da una ligereza bárbara para pisar la vereda sintiéndome protegida y en eje.

Si siento que la mala onda de una charla de café me dejó con la cabeza dando vueltas y un sabor amargo, me preparo un vaso de soda bien fría con unas gotas de limón y me lo tomo de un trago largo; ese golpe efervescente y ácido me limpia el paladar, corta el enojo de golpe y me devuelve una frescura bárbara para seguir con el día sin arrastrar broncas ajenas.

Para proteger la guantera del auto o el lugar donde guardo los papeles del vehículo de la mala suerte en la ruta, coloco una pequeña tuerca de hierro oxidada envuelta en un papel de diario viejo; este metal pesado absorbe los golpes de la calle, ahuyenta los contratiempos mecánicos y me transmite una seguridad bárbara cada vez que salgo a la ruta sabiendo que voy bien resguardado.

Cuando noto que el cansancio del laburo me tiene los ojos pesados y el ánimo por el suelo al llegar la tarde, me lavo la cara con agua fría y me mojo bien los antebrazos hasta los codos, sacudiéndome el agua sin usar toalla; este simple corte de energía fresca disuelve el agobio de la jornada, me despeja la mente al instante y me da una energía bárbara para cambiar de aire y disfrutar de la noche con los míos.

Cuando siento que el peso de las exigencias cotidianas me tiene agobiada y con la cabeza a mil, me preparo una infusión de jengibre y miel, me siento en el borde de la cama y me tomo diez minutos en absoluto silencio antes de prender el celular; este pequeño freno corta de raíz la velocidad del mundo externo, me ordena los pensamientos y me regala una templanza bárbara para empezar el día centrada en lo importante.

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