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Bruji verde tip

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Para proteger el lugar donde guardo mis ahorros o mis pertenencias más queridas de la mala energía o de la escasez, coloco una moneda dorada dentro de un pequeño saquito de tela de algodón crudo junto a una hoja de laurel; este sencillo amuleto atrae la prosperidad, sella el espacio contra cualquier corriente de escasez y me transmite una seguridad bárbara de que mis esfuerzos están bien cuidados.

Si noto que la mala onda de una discusión o de un ambiente hostil me dejó el cuerpo tenso y con escalofríos al volver a casa, me doy una ducha tibia y me enjuago el cuerpo desde los hombros hacia abajo con un chorro de agua a la que le agregué un puñadito de sal fina; este baño rápido arrastra los restos de energía ajena que se me hayan pegado, descarga el estrés acumulado y me deja una liviandad bárbara para relajarme y habitar mi casa en paz.

Si siento que la mala onda de una discusión en el trabajo me dejó el estómago cerrado y con una bronca difícil de digerir, me voy a la cocina, me corto un trozo generoso de queso estacionado y me lo como despacio, saboreándolo bien antes de volver a hablar con nadie; ese bocado fuerte y salado absorbe el mal trago, asienta los nervios de golpe y me da una templanza bárbara para seguir adelante sin tragarme el enojo.

Cuando siento que el trajín de la semana me dejó las piernas pesadas y la energía estancada en los tobillos, me preparo un recipiente con agua tibia, un puñado de sal gruesa y unas ramitas de romero fresco para hacerme un baño de pies de diez minutos; esa infusión terrenal disuelve el cansancio acumulado, drena las malas vibraciones de la caminata diaria y me regala una ligereza bárbara para seguir andando sin cargas.

Para blindar mi cartera o el lugar donde llevo mis llaves y documentos contra los imprevistos y la mala suerte en la calle, doblo un billete pequeño en forma de triángulo, le pongo una pizca de canela en polvo adentro y lo acomodo en el bolsillo más escondido; este aroma cálido y protector actúa como un escudo invisible que repele los malos momentos, ahuyenta a los oportunistas y me transmite una seguridad bárbara cada vez que salgo a la calle sabiendo que voy bien custodiada.

Si siento que el trajín de un día difícil me dejó el cuerpo contracturado y con una pesadez insoportable en los hombros, me siento en el piso con las piernas cruzadas, apoyo la espalda contra la pared y respiro hondo inflando bien el pecho durante tres minutos; este apoyo firme en la tierra corta el agobio de golpe, me devuelve el eje y me da una fortaleza bárbara para resetear la tarde.

Para blindar la puerta del garaje o el lugar donde dejo el auto de cualquier roce, racha de torpeza o mala intención ajena, marco una pequeña cruz discreta con una tiza blanca en el umbral inferior; este trazo simple disipa la mala pata, marca los límites de mi espacio y me transmite una seguridad bárbara cada vez que entro o salgo con el vehículo sabiendo que voy cubierto.

Cuando noto que la mala onda de un trámite que salió mal me dejó la cabeza caliente y con ganas de mandar todo al diablo, me preparo un mate amargo bien caliente, me siento solo en el patio a ver el cielo y me tomo el tiempo de cebar cada ronda en completo silencio; esa pausa rústica y ritual enfría el enojo de inmediato, aclara el panorama y me da una templanza bárbara para barajar de nuevo y resolver las cosas con la mente fría.

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