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Bruji verde tip

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Si noto que la pesadez de una discusión o un ambiente tenso me dejó el ánimo cabizbajo y sin ganas de hablar, me pongo frente al espejo del baño, me peino el cabello hacia atrás con un cepillo de cerdas naturales cien veces contando en silencio; este movimiento repetitivo y firme barre la estática de la mala energía, despeja los pensamientos grises de la cabeza y me devuelve una claridad bárbara para recuperar mi centro y seguir con la tarde liviana.

Si siento que la mala onda de una charla pesada me dejó el cuerpo con una tirantez fea y los puños apretados sin darme cuenta, me voy al lavatorio, me abro la camisa hasta el segundo botón y me dejo correr agua fría directo en la nuca y el pecho durante unos segundos; ese golpe helado corta la bronca en seco, afloja los músculos de golpe y me da una calma bárbara para seguir con el día con la cabeza fría.

Para blindar la caja de herramientas o el maletín del trabajo contra la mala suerte y los contratiempos tontos que frenan el avance, meto un pedacito de carbón vegetal envuelto en un trozo de tela negra dentro del compartimento principal; esta piedra rústica absorbe toda la energía de choque y la envidia que anda dando vueltas, y me transmite una seguridad bárbara cada vez que abro el bolso sabiendo que mis cosas están bien resguardadas.

Cuando noto que el cansancio de la semana me tiene la mente embotada y el humor a la defensiva al caer la tarde, me siento en la galería o en el cordón de la vereda, prendo un cigarro de hoja o simplemente me quedo cruzado de brazos mirando hacia adelante en silencio absoluto por cinco minutos; esa pausa seca y sin pantallas apaga el ruido de la rutina, acomoda los tantos en la cabeza y me regala una templanza bárbara para entrar a mi casa renovado y de buen talante.

Cuando siento que el peso de los problemas cotidianos me dejó la espalda rígida y el ánimo por el suelo al terminar la tarde, me preparo una infusión bien caliente de manzanilla con unas gotitas de limón, me envuelvo los hombros con un chal de lana suave y me siento en silencio a tomarla despacio; ese calorcito constante ablanda la contractura del estrés, disuelve el fastidio acumulado y me regala una paz bárbara para habitar mi cuerpo liviana y sin tensiones.

Para proteger mi rincón de costura o el espacio donde hago manualidades de las malas energías o de la interrupción de la suerte en mis proyectos, coloco una pequeña tijera abierta con las puntas hacia abajo apoyada detrás del costurero; este metal filoso corta cualquier corriente de envidia o bloqueo creativo antes de que me alcance, y me transmite una seguridad bárbara para seguir creando con las manos libres y la mente en paz.

Si noto que la mala onda de un día caótico me dejó la cabeza dando vueltas con pensamientos grises que no me dejan descansar, me recuesto bocarriba en la cama, cierro los ojos y me pongo un saquito de té tibio ya usado sobre cada párpado durante cinco minutos; esa humedad templada apaga el cansancio visual de la jornada, frena el remolino mental y me deja una claridad bárbara para recibir la noche con el alma en calma.

Si siento que la mala onda de una discusión barata me dejó con el orgullo lastimado y la mandíbula apretada, me voy al patio, agarro una manguera y me lavo las manos y los antebrazos con agua fresca dejándola correr un buen rato; ese caudal limpio arrastra la bronca contenida, enfría el enojo y me da una templanza bárbara para seguir adelante sin mambos.

Para blindar la guantera o el lugar donde guardo los papeles del laburo contra las multas, los contratiempos en la calle y la mala pata, doblo un boleto de colectivo viejo, le escribo una cruz chiquita con birome negra adentro y lo dejo en el fondo; este papel gastado absorbe la mala vibra del tráfico, ahuyenta la mala suerte y me transmite una seguridad bárbara cada vez que salgo a la ruta sabiendo que voy protegido.

Cuando siento que la mala vibra de un día agotador me dejó el semblante apagado y el espíritu cabizbajo, me acerco a la ventana abierta, respiro hondo tres veces inflando bien el pecho y me paso las yemas de los dedos mojadas en agua de azahar por las sienes y el nacimiento del pelo; ese perfume floral tan noble despeja al instante el nubarrón de la mente, refresca la energía de la cara y me regala una claridad bárbara para encender una luz tenue en casa y recibir la noche con el alma liviana.

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