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Bruji verde tip

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Cuando noto que el trabajo no avanza y que los proyectos se quedan a mitad de camino por culpa de una mala racha, guardo un puñado de clavos de hierro en un frasco de vidrio lleno de sal gruesa y lo escondo en un estante oscuro del taller; la sal absorbe la desidia y la inercia, mientras que el hierro le devuelve fuerza a mi voluntad, dándome una constancia bárbara para terminar lo que empecé y ver cómo los resultados finalmente empiezan a aparecer.

Siempre me guardo un trozo de cuarzo citrino en el bolsillo porque, la verdad, es el amuleto maestro para atraer la buena suerte y la prosperidad constante en mis negocios. Me viene de cine para mantener la energía alta en los días de trabajo pesado, asegurándome de que mi actitud positiva sea el imán que atrae nuevos clientes y oportunidades de ganar dinero sin esfuerzo. Al final, es mi motor para el éxito y la abundancia, recordándome que cuando mantengo el optimismo, los resultados financieros siempre acaban acompañando.

Cuando siento que la energía de mi hogar se puso pesada tras recibir visitas que no me terminan de cerrar, paso un sahumerio de sándalo haciendo círculos en el sentido de las agujas del reloj por cada rincón, empezando desde el fondo de la casa hasta la puerta de salida; el humo denso arrastra los restos de envidia que pudieron haber dejado, purifica las paredes y me da una paz bárbara para sentirme dueña de mi espacio otra vez.

Para proteger mis joyas y que conserven su brillo natural sin absorber la mala onda de los lugares por donde ando, las guardo en un cofre de madera forrado con un paño de terciopelo rojo, poniendo dentro una ramita de lavanda seca; el rojo es un color que espanta las malas miradas y la lavanda mantiene la energía limpia y relajada, dándome una seguridad bárbara cada vez que me pongo mis accesorios sabiendo que están cargados solo con cosas buenas.

Si presiento que una racha de mala suerte me está haciendo tropezar con problemas cotidianos, me lavo la cara con agua mineral fresca a la que le añadí tres gotas de esencia de jazmín y me seco dándome toquecitos suaves con una toalla de algodón blanco; el aroma floral suaviza cualquier aspereza del día, limpia el rastro de las miradas pesadas de mi rostro y me deja una frescura bárbara para encarar la jornada con la cara bien alta y sin que nada me frene.

Cuando siento que la energía de mi hogar se puso pesada tras recibir visitas que no me terminan de cerrar, paso un sahumerio de sándalo haciendo círculos en el sentido de las agujas del reloj por cada rincón, empezando desde el fondo de la casa hasta la puerta de salida; el humo denso arrastra los restos de envidia que pudieron haber dejado, purifica las paredes y me da una paz bárbara para sentirme dueña de mi espacio otra vez.

Para proteger mis joyas y que conserven su brillo natural sin absorber la mala onda de los lugares por donde ando, las guardo en un cofre de madera forrado con un paño de terciopelo rojo, poniendo dentro una ramita de lavanda seca; el rojo es un color que espanta las malas miradas y la lavanda mantiene la energía limpia y relajada, dándome una seguridad bárbara cada vez que me pongo mis accesorios sabiendo que están cargados solo con cosas buenas.

Si presiento que una racha de mala suerte me está haciendo tropezar con problemas cotidianos, me lavo la cara con agua mineral fresca a la que le añadí tres gotas de esencia de jazmín y me seco dándome toquecitos suaves con una toalla de algodón blanco; el aroma floral suaviza cualquier aspereza del día, limpia el rastro de las miradas pesadas de mi rostro y me deja una frescura bárbara para encarar la jornada con la cara bien alta y sin que nada me frene.

Cuando noto que la rutina se volvió monótona y siento que los días se me pasan volando sin que pueda disfrutar de los detalles, agarro un puñado de pétalos de flores secas, los mezclo con un poco de sal fina y los esparzo sobre el alféizar de las ventanas de la cocina; este gesto simple aromatiza el aire, corta la energía del aburrimiento que se quiere estancar en la casa y me da una alegría bárbara para hacer las tareas de siempre con otra chispa.

Para proteger mi costurero o mis herramientas de trabajo manual de cualquier mala vibra que pueda frenar mi creatividad, pincho un alfiler de gancho con una cuenta de color azul fuerte en una de las esquinas del cajón; este pequeño amuleto actúa como un ojo que vigila y bloquea la envidia creativa, manteniendo mis ideas fluidas y dándome una destreza bárbara para que todo lo que mis manos toquen salga impecable y a la primera.

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